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BIOGRAFÍA

Poeta de la materia y de la metamorfosis lúdica, rescatador que redime al objeto, desde el deshecho, desde el oxido, desde la cornisa suspensa del abandono, osario donde la modernidad ha condenado a los artefactos en lo ”inservible”; victimas anónimas del frenesí del úsese- a la violencia del -tírese, de la digestión brutal del reciclaje en los estómagos de la sociedad industrial, del hocico mismo del buitre consumista, desde ese averno incógnito de los enseres ya en el deshuesadero, Pedro Hernández restituye a la materia, autentico alquimista, la dignidad de la que fue despojada por el voraz ritual de la indiferencia, el mercantilismo, la irresponsabilidad, lo banal de la civilización del usufructo, para reivindicarla con la existencia en una utilidad renovada y extraordinaria: convertirla en hecho estético, un estado superior; no en el más allá, donde los dogmas se encubren en la promesa y la retórica, sino en el aquí donde incansable la angustia sanguinolenta de la vida diaria, no en el goce de un edén postergado en el cual los hombres proponen y disponen y los dioses descomponen con su envidia, sino en el aquí zumbador del latido del mundo y sus antiguos engranes, en este lado de la realidad, donde autobuses inmunes atropellan muchedumbres y donde bicicletas de aceite se ceban en relojes saturados de hormigas y pies, zapaterías, bailarines y saltamontes, aquí donde el humo envuelve para regalo al individuo y la fábrica optimiza la esclavitud y el hambre, aquí donde las piedras recogen el jugo del corazón humano molido entre sudor y sacrificio; el de renunciar a ser hombre y a la vida, mecanizarse, automatizarse, hombres de hierro, robots de carne, estáticos en su monotonía sin entrañas, aquí, en el contacto doloroso con la visión, la textura, la forma, la dureza y la solidez donde hierve el acido de la corrosión, donde vibran la roca y el metal, donde los dientes de la inteligencia cortan y tuercen la resignación casi humana del utensilio, la lamina, la pieza, la tuerca, la varilla, a continuar como objeto, para otorgarle nueva forma y entorno, autenticidad, larva que se transforma en mariposa, mutación de la circunstancia, voluntad interior propia del ser que reordena su estructura para lanzarse a la imaginación desde las manos de Pedro, en ellas, de ellas obtiene el espíritu de la transformación, soplo que alienta lo que toca, destrezas del Escultor por las que el movimiento y la gracia, cualidades exclusivas de la existencia, se conceden gratuitamente como obsequio generoso por la idea y el arte. Desde el sigilo en la inercia embrionaria de la hibernación como desperdicio, al piar del ave azul que tímidamente toca las puertas del aire para entrar en la claridad y ensayarse en el vuelo, y a Quijotes maravillados, Rocinantes impetuosos de herradura y relinchos, ballenas libres de toda necesidad y del deseo de plancton, tiburones domesticados con la suavidad de un océano sin instantes, Cristos glorificados en la crucifixión irredenta del clavo por el clavo, guerreros en el punto de congelación carnicera de los alaridos previos a la batalla, jinetes cabalgando por llanuras a perpetuidad, alegría dúctil, pura emoción y gozo del ser que vive y porque si, qué más razones para ser que serlo, qué otro sostén necesita la existencia que ella misma explorando su aventura, de su propia esencia cobra sentido la vida, está y es en ella misma, esa que Pedro Hernández, demiurgo de este tiempo, encuentra en lo que nadie ve, y la hace resurgir de lo inerte, el poeta es pequeño dios, y el Escultor es poeta del cambio en la condición y la forma, poeta del caos potencial de la materia y sus combinaciones, uno no es uno, ni tres ni dos ni cinco, sino otro, aquí es allá, alguno, entonces, antes, mientras, todos; representación y verdad, imagen que es simultáneamente alma, arreglos inauditos, sea la luz, dijo la voz de la palabra, y la creación existió, obediente a ese poder, así empezó el universo y después y después, y a la zaga la vida, manos de Pedro útero y de Pedro nido, gestan vigorosas ofensivas contra la nada, contra el olvido, sus piezas están vivas, pero no con la vida natural, la biológica de paisajes y horizontes animándose desde el suelo de un planeta ajeno y repudiado y así es que convivimos con nuestra casa, sino la vida profunda que yace en la nostalgia de lo que somos o fuimos o seremos, la vida en el levántate y anda de lo extraordinario, esa cierta del espíritu que ya hemos olvidado los hombres, y que Pedro Escultor conquista en lo maravilloso cotidiano, la vida que restamos, la preciosa y que ya es tan extraña, acaso, ni en el más lejano rincón de la conciencia, la vida, dónde la vida, en las manos del Escultor, la vida, la que le hemos extirpado a la vida.

Humberto Hernández Gálvez
Veracruz 2006

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